EPISODIO I.- EL BLOCAO DE LA MUERTE (13 AL 16 DE SEPTIEMBRE DE 1921)

 

"Voluntarios para morir". Augusto Ferrer-Dalmau. 2021

PARTE I. PRELIMINARES. LA GUERRA EN MARRUECOS Y EL DESASTRE DE ANNUAL.

El Imperio Español
Imagen de portada Desperta Ferro sobre Cuba 1898.
Representa al General Vara del Rey durante
la heroica defensa de El Caney en Santiago de Cuba
.
era un enfermo terminal. Al menos, así es como lo veían las florecientes potencias coloniales; un enfermo que confirmó los peores pronósticos cuando, a finales del siglo XIX,
Estados Unidos le arrebataba las últimas colonias de ultramar, en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

Durante el siglo XIX, la descolonización americana, la extrema inestabilidad política, las guerras civiles entre liberales y carlistas, y la corrupción institucionalizada en todos los niveles de la administración, civil y militar, había mermado la capacidad del que había sido el mayor Imperio de la Historia, “un Imperio donde nunca se pone el sol”, parafraseando a Felipe II, para negociar acuerdos con los nuevos y florecientes imperios.

Consecuencia directa de esta decadencia, fue lo acaecido durante la Conferencia de Algeciras, ocurrida en 1906, y que llevó a la firma del Tratado de Algeciras, el 7 de abril de ese año. España, Francia, Alemania, Reino Unido, y otros imperios con intereses coloniales en África, se reunieron con la intención de fijar la relación de las naciones con Marruecos. Los Imperios Británico y Francés, maniobraron hábilmente para frenar las aspiraciones del amenazante Imperio Alemán sobre Marruecos. España aceptó un protectorado conjunto con Francia, ratificado tras el Tratado de Fez de 1912, donde esta última se aseguraba el territorio de la zona sur, rica en recursos minerales, y España el territorio de la zona norte de Marruecos, que sería denominado Marruecos Español, una zona eminentemente montañosa, difícil de asegurar, y poblada por tribus beduinas, denominadas cabilas, muy belicosas.

El Rey Alfonso XIII (1902-1931). Aunque era rey ya a su nacimiento, en 1885
la reina madre, María Cristina, reinó en su nombre hasta 1902
Los negociadores españoles pensaban haber cerrado un buen acuerdo, aunque la realidad era muy diferente. El acuerdo beneficiaba especialmente a personajes relevantes de la sociedad española, como el Conde de Romanones, varias veces presidente del consejo de ministros, y propietario de la compañía de minas que explotaría las riquezas del protectorado; pero con un ejército deficiente, compuesto principalmente por reclutas, constituía una misión compleja pacificar y explotar el territorio entorno a las ciudades principales de Melilla, Tanger y Ceuta.

España, en constante crisis política (los cambios en la presidencia del consejo de ministros de Alfonso XIII
fueron la norma desde el inicio del reinado), sucumbió, durante 1917, a una profunda crisis en el seno del ejército, que se sumaba a las crisis económica y territorial, y a un furibundo estallido social. Aunque la situación fue reconducida, al provocar el rey la caída del gobierno, y ceder a las pretensiones de las Juntas militares, reprimiendo el ejército la agitación social, la situación se tornó extremadamente complicada para el futuro de la monarquía española. Alfonso XIII necesitaba de un gran éxito para afianzar su corona, que pendía de un hilo.

La oportunidad se presentó con la aventura africana. La tentación de lograr un importante éxito con la pacificación del Marruecos español, era demasiado importante como para ignorarla.

El territorio había sido hostil desde el comienzo del protectorado. En 1909, durante la Guerra de Melilla, se necesitó una fuerza muy importante para someter a las cabilas rebeldes, sufriendo graves pérdidas y algún desastre militar relevante, como el ocurrido con la matanza del Barranco del Lobo, donde hubo más de setecientas bajas, incluyendo 153 soldados muertos.

Dámaso Berenguer observa partir a las tropas
En 1919 llegó a la comandancia de Melilla, con el rango de Alto Comisario para Marruecos, el militar Dámaso Berenguer, que iniciaría un proceso de pacificación del protectorado. Consiguió llegar a acuerdos amistosos con diversas cabilas, e inició operaciones que llevaron a la toma de Xauen. La situación parecía propicia para el rey, que firmó, el 30 de enero de 1920, el nombramiento de un hombre de su plena confianza, como era el general Manuel Fernández Silvestre, para dirigir la comandancia militar de Melilla.

Berenguer siguió desarrollando su labor de negociación con las cabilas, mientras Fernández Silvestre reorganizó la tropa. Obsesionado con la conquista de la Bahía de Alhucemas, y con el beneplácito real, Fernández Silvestre inició una campaña
a lo largo del Rif, en dirección oeste, hacia su objetivo. En octubre de 1920, se logró la pacificación, con escasos combates, de toda la zona de Chauen. Tras una parada en las operaciones durante el invierno, se continuó la campaña a partir de marzo de 1921, dirigiéndose las tropas hacia Annual.

General Manuel Fernández Silvestre
Los problemas logísticos surgieron desde el comienzo de la campaña, lo que obligó a proteger la línea de comunicación con Melilla, sacrificando gran cantidad de tropas españolas e indígenas, procedentes de las cabilas pacificadas, en las labores de control y defensa de la misma. La ofensiva continuó, y a finales de mayo se alcanzó
Annual. Desde allí, Fernandez Silvestre ordenó establecer una serie de guarniciones en posiciones entre Annual y Alhucemas, a modo de defensa, y preparatorio para la ofensiva final. Las posiciones que se ocuparon se encontraban, en la mayoría de las ocasiones, muy expuestas. Algunas son abandonadas rápidamente, y otras, como la del Monte Igueriben, son fortificadas.

Cuando las cabilas rebeldes, dirigidas por el cadí de Melilla, Mohammed Abd-El-Krim, inician su ofensiva, el 14 de julio de 1921, las fuerzas españolas se ven incapaces de detenerlas. En el Monte Igueriben, tras siete días de asedio, sin agua, acabadas ya las municiones, los 355 hombres de la guarnición, son masacrados.

Los rifeños, envalentonados por el éxito, atacan el campamento de Annual, sorprendiendo a Fernández Silvestre, y masacrando a las tropas españolas, que reciben el día 22 la orden de retirada, y se desbandan en dirección este, hacia Melilla. El general Fernández Silvestre muere, probablemente suicidándose, durante la toma del campamento. Miles de soldados sucumben ante los perseguidores, y ante las tropas indígenas, que, viendo la situación, cambian de bando.

El final del desastre. Restos del Monte Arruit,
donde fueron masacrados cerca de 3.000 soldados españoles
Las heroicas cargas del Regimiento de Caballería Alcántara en el cauce seco del río Igan, perdiendo el noventa por ciento de sus hombres, permitió que muchos supervivientes, cerca de tres mil, se retiraran y refugiaran en el reducto del Monte Arruit. Allí, resistirán un asedio de dos semanas, sin que, desde Melilla, se pueda hacer nada por ayudarles.

Acabarán rindiéndose, siendo pasados a cuchillo por los rebeldes rifeños. Sólo los oficiales serán perdonados y tomados como rehenes.

Más de diez mil soldados españoles perderán la vida durante el Desastre de Annual.

El camino hacia Melilla se abría, casi expedito, para Abd-El-Krim y sus rebeldes rifeños.

 

PARTE II. EL SISTEMA DE BLOCAOS Y la PRIMERA DEFENSA DE “EL MALO”.


Durante la segunda guerra Anglo-Boer (1899-1902), el ejército británico había empleado un sistema de reductos fortificados, con los que esperaba asegurar la defensa de puntos neurálgicos de su sistema de comunicaciones, así como asentar la defensa de poblaciones o lugares estratégicos. Aunque no tuvieron un impacto decisivo en el resultado final de la guerra, sí que abrieron un abanico de posibilidades a los ejércitos que quisiesen aferrarse a un terreno hostil.

Dicho sistema sería aplicado por los ejércitos francés y español durante la Guerra del Rif, y llegará, incluso, hasta nuestros días, en lugares como Iraq o Afganistán (Outpost). Este sistema será conocido como “Blocaos”, palabra descendiente del alemán “Blochaus” (casa de troncos). Pensado para obstaculizar el movimiento de ejércitos irregulares, obligándoles a derrotar posiciones avanzadas fortificadas para poder atacar objetivos estratégicos, los blocaos permitían a pequeñas guarniciones un amparo frente a tropas poco preparadas y artilladas.

El ejército español, inicialmente, los utilizó para proteger sus campamentos, instalando empalizadas fortificadas en posiciones avanzadas entorno a ellos. Posteriormente, comenzarían a ampliarse a puntos clave de defensa, en torno a Melilla, o enclaves expuestos en todo el Rif.

Los blocaos variaban notablemente tanto en tamaño y construcción, yendo desde pequeñas posiciones fortificadas con sacos terreros, troncos de madera, y alambre de espino, hasta fortificaciones de piedra con techado y casamatas, cumpliendo, lógicamente, cada una de ellas, una función diferente. Los más ligeros, podían desmontarse si era necesario, y trasladarse a una nueva posición.

Los blocaos más avanzados eran bastante vulnerables. Se encontraban alejados cientos de metros de las provisiones y, lo que es más grave, de las fuentes de agua, por lo que se convirtieron en el primer objetivo de las cabilas rifeñas. Estas posiciones se comunicaban con los campamentos principales mediante señales luminosas emitidas con heliógrafos, pero era difícil socorrerlos en caso de necesidad, justamente por el exceso de exposición que presentaban.

La elección de donde se instalaba un blocao no se realizaba, en muchas ocasiones, con un sentido práctico o estratégico, si no con un criterio político, ya que se utilizaban también para proteger o intimidar a las cabilas aliadas. Esto suponía un riesgo extra para sus defensores, que podían llegar a encontrarse rodeados de enemigos.

Entre las posiciones que rodeaban Melilla para su defensa, se encontraban las posiciones en el Monte Gurugú, a unos tres kilómetros al suroeste de la ciudad. La posición era vital, ya que desde sus alturas podía bombardearse la ciudad, convirtiéndose en una atalaya fundamental para su asalto. La posición defensiva más expuesta era la de Dar Hamed, ubicada en la ladera este del monte, un blocao situado entre la caseta número dos, y el blocao de Sidi Ahmed el Hach. Su objetivo principal era defender el acceso a Melilla de los ataques de los grupos armados (a partir de ahora usaremos el nombre nativo, harka) de rifeños desde el Barranco de Sidi Musa, y dar protección a la carretera de Nador, lo que le convertía en blanco de constantes ataques. Esto supuso que los soldados le conociesen bajo el sobrenombre de “El Malo”, ya que todas las guarniciones que se turnaban para defenderlo, volvían con numerosas bajas.

Junto al sistema de blocaos, la esperanza de salvar Melilla de las harkas, pasaba por la reciente llegada del Tercio de Voluntarios Extranjeros, La Legión, creado a comienzos de 1920 por Real Decreto, y puesta bajo el mando del teniente coronel José Millán-Astray. La Legión, creada a imagen de la Legión Extranjera Francesa, llegó a Melilla el 24 de julio, justo cuando se producía la matanza de Annual, tras marchar durante treinta y tres horas seguidas, y recorrer a pie más de cien kilómetros. La Primera y Segunda Banderas del Tercio, ocuparon rápidamente las posiciones fortificadas entorno a Melilla.

Fueron los legionarios quienes ocuparon y defendieron “El Malo” durante las semanas siguientes. Sin embargo, se estaba preparando un contraataque hacia Nador, por parte de tropas de Regulares y del Tercio de Extranjeros, bajo las órdenes del General Sanjurjo. Por ello, se decidió ir dando relevo a las unidades de La Legión con otras unidades del ejército regular. El 13 de septiembre de 1921, se ordenó a la Brigada Disciplinaria de Melilla, cuyas tropas eran soldados bajo arresto, y que se había distinguido en batalla tras sufrir un duro castigo en el asedio de la vieja fábrica de harina de Nador, el disponer varios grupos de soldados para ir sustituyendo a los pelotones y escuadras del Tercio en la defensa de los blocaos del Monte Gurugú. Al teniente de infantería José Fernández Ferrer, se le asignó el mando de 19 hombres, y el objetivo de relevar a los legionarios que defendían el puesto de Dar Hamed.

La tarea no sería en absoluto sencilla. Salieron en la mañana del día 14, y, al aproximarse al lugar, lo encontraron bajo un constante e intenso fuego, ya que los harqueños se habían adueñado de las alturas que rodeaban, en forma de anfiteatro, la posición de Dar Hamed y el acceso al barranco. Bajo el constante fuego enemigo, los intentos de dar el relevo se alargaron durante toda la tarde, realizándose hombre a hombre, arrastrándose los disciplinarios entre las defensas naturales hasta la posición, y saliendo un legionario en cada ocasión.

Los disciplinarios, que no habían tenido tiempo para comer, apenas podían dejar de disparar a través de las aspilleras, más que para beber un sorbo de agua, y recalentaban sus Mauser disparando sin cesar hacia la incipiente noche.

Para complicarlo todo, la harka rifeña colocó en las alturas que dominaban la posición, dos cañones, que batían ocasional, pero acertadamente, el blocao. La batalla nocturna comenzó a cobrarse sus primeras bajas. Un cañonazo reventó contra las defensas exteriores, hiriendo en la espalda y la cadera al teniente Fernández Ferrer, que continuó la lucha tendido sobre unos sacos terreros. También fueron heridos el cabo Sergio Vergara, y el soldado de segunda José Prat, que siguieron combatiendo en su puesto. La noche fue larga y cruel.

Al amanecer, el fuego se hizo menos intenso, y los rifeños se retiraron, temiendo que la posición recibiese refuerzos. Este descanso, fue aprovechado por el teniente para enviar a varios soldados a reparar las defensas exteriores, y a pedir a la segunda caseta refuerzos y municiones, que ya comenzaban a escasear.

Hacia las tres de la tarde, la fuerza rifeña volvió al asalto. Habían aprovechado el descanso para flanquear con tiradores la posición, viniendo el fuego ahora de flanco, frente y retaguardia. Los disparos de respuesta eliminaron a varios de los servidores de los cañones rifeños, demasiado expuestos al tratar de dispararlos de día, pero el creciente fuego de fusilería enemigo, hacía la situación de los disciplinarios insostenible.

La noche se acercaba.

PARTE III. LLEGA LA LEGIÓN. EL BLOCAO DE LA MUERTE.

En el Atalayón, el campamento más próximo a Dar Hamed, habían llegado las noticias de la desesperada petición de ayuda del teniente Fernández Ferrer y sus disciplinarios. Defendido por los legionarios de la primera compañía de la Primera Bandera del Tercio de Extranjeros, en el Atalayón la situación de “El Malo” no resultó indiferente. El teniente de infantería Eduardo Agulla, quería enviar sus tropas a rescatar a los disciplinarios; para ello, solicitó el permiso del mando de la Bandera, que se lo deniega, argumentando que los soldados son necesarios para defender el Atalayón si Dar Hamed cae. Le ordenan formar un grupo de voluntarios para ir en auxilio de “El Malo”, y destacarlo bajo el mando de un cabo.

La misión pasa, de convertirse en una acción de rescate, a convertirse en una misión suicida. Los voluntarios deberán dar apoyo a los disciplinarios, reforzarles y esperar el envío de una columna de rescate, que nadie sabe cuando podrá enviarse. El teniente Agulla solicitó voluntarios, y toda la tropa legionaria dio un paso adelante. Se concedió el mando del destacamento al soldado de primera Suceso Terreros López, con el cargo de cabo interino, un rango que llevaba desempeñando cierto tiempo ante la escasez de suboficiales por las bajas. Le acompañarán quince soldados, escogidos por el teniente Agulla entre los legionarios que creía más decididos, y que acudirán al rescate de Dar Hamed para cumplir con el rito y credo legionario: la muerte.

Al atardecer del día 15, los legionarios de Suceso Terreros llegaron a las inmediaciones de Dar Hamed, y lo encuentraron rodeado por cientos de rifeños. Calan bayonetas, y se abren camino sembrando la muerte a su paso, hasta alcanzar las alambradas del reducto, donde son gravemente heridos dos legionarios, aunque son rescatados e introducidos en el reducto.

Los disciplinarios han sufrido muchas bajas, y los legionarios, sin preámbulos ni presentaciones, ocuparon los puestos disponibles en las troneras, apuntando sus Mauser y disparando sin cesar. El asalto enemigo se intensificó llegada la noche. Los defensores recobraron ánimos con la llegada de los legionarios, mientras el suboficial disciplinario Aquilino Cadarso, les exhortaba a resistir.

Casi todos los disciplinarios estaban heridos, pero seguían combatiendo. Los cañones rifeños, amparados por la noche, tomaron posiciones a menos de cien metros del parapeto, y comenzaron a disparar a corta distancia.

Cerca de las nueve de la noche, el teniente Fernández recibió un disparo que acabó con su vida. El mando pasó al suboficial Cadarso, que vuelve a arengar a sus hombres. A pesar de tener una muy fea herida en la cara, continúo combatiendo, hasta que un cañonazo destrozó uno de los flancos de la posición y sepultándolo sin vida bajo los restos. Eran las once de la noche, y sólo queda el cabo Vergara, herido cuatro veces durante el día anterior, como mando del destacamento.

La situación era insostenible, pero tanto los disciplinarios como los legionarios luchan como leones. El cabo Vergara falleció al recibir un quinto disparo, cerca de la medianoche. Junto con él, ya faltaban varios disciplinarios y legionarios caídos. Hay muchos heridos, pero cada hombre sano aguanta en las aspilleras sin desfallecer. Tomó el mando el cabo interino Suceso Terreros, quién ordenó a grandes voces aguantar.

La madrugada del día 16 de septiembre, el asalto no disminuyó. Los cañonazos y el fuego de fusilería constante desde todos los lados, causó mella en los ya escasos defensores, que se estaban quedando sin munición, y buscaban ya la de los heridos. Desesperadamente, Terreros ordenó al legionario Miralles Borrás, y al disciplinario Mediel Casanova, que, por su conocimiento del terreno, hiciesen lo posible por llegar a la Segunda Caseta y expusiesen las necesidades extremas de “El Malo”.

Una hora después, la munición se acabó. El blocao no hacía fuego, y los harqueños se prepararon para el asalto final, mientras los escasos defensores sanos, y los heridos que aun podían valerse, calaban bayonetas para dar su última batalla. Como tal, ya no quedaba blocao; la mayor parte de las defensas habían sido derribadas a cañonazos, y apenas quedaban pocos puestos donde guarnecerse del incesante fuego.

El asalto enemigo, ya sin impedimentos, derribó las alambradas y alcanzó el blocao, donde se enfrentaron a las bayonetas de los defensores, heridos en su mayoría, que vendieron caras sus vidas. Una vez muertos los que se sostenían en pie, los más graves fueron pasados a cuchillo.

Serían poco más de las tres y media cuando todo quedó en silencio.

PARTE IV. CONSECUENCIAS.

Una hora después, el legionario Ernesto Miralles consiguió alcanzar la Segunda Caseta. Había sido herido, y para llegar a la posición tuvo que esquivar a los enemigos que infestaban la ladera del Gurugú. Una vez allí, solicitó ayuda para sus ya extintos compañeros. Pocos minutos más tarde, llegó a la Segunda Caseta el disciplinario Marcelino Mediel, totalmente extenuado.

Sin capacidad para mandar refuerzos, el sargento Ruperto Valle se hizo acompañar por dos legionarios y, con sumo cuidado de evitar encuentros con el enemigo, se acercó hacia donde se encontraba el blocao de Dar Hamed. Desde una altura próxima, con las luces del amanecer de aquel 16 de septiembre, pudo observar que ya no quedaba blocao… Sólo quedaba una ruina de sacos terreros, madera, metal, y los cuerpos de los defensores derribados sobre la ardiente tierra.

El 17 de septiembre, se envió desde el Atalayón una misión de rescate de los cuerpos, que serían llevados a Melilla. La posición sería reconstruida y ocupada, como parte de la operación de contraataque prevista por el General Sanjurjo, aunque desde aquel fatídico día, dejaría de ser “El Malo” y pasaría a ser conocido como “El Blocao de la Muerte”.

Narra uno de los primeros hombres en llegar a la posición lo siguiente:

El blocao no existía. Era un montón de ruinas. Entre las alambradas había unos cuerpos colgados, como peleles mientras los dedos invisibles del aire inquietaban sus cabellos y el sol los iluminaba, llamándoles a la vida…

Uno de ellos estaba tan gravemente herido, que ni podía hablar. Los otros, rotos, destrozados, enterrados bajo los escombros.

-               ¡Camillas!… ¡Camillas! gritaron los primeros en llegar.

Los muertos, Lorim, Ródenas, Duarte, Camps…, los quince, con aquel moribundo los dieciséis, y el legionario de primera, ya ascendido a cabo, Suceso Terreno, muerto al frente.

El silencio, mientras sacaban los cadáveres, era completo.

Los moros, ojos avizores estarían mirando, no disparaban, posiblemente por el asombro que les había causado la defensa, tan brava, que respetaban el acto de recoger aquellos despojos.

Los legionarios que retiraron los cuerpos, pedían perdón por no haber llegado a tiempo para rescatar a sus compañeros. Los restos fueron llevados a Melilla, donde serían enterrados en el Panteón de los Héroes.

Ese mismo día 17 de septiembre, la ofensiva española se inició desde Melilla, tomando Nador ese mismo día. La campaña para asegurar el Protectorado de Marruecos, se prolongó durante varios años. El 11 de enero de 1922, se recuperó el Monte Arruit, donde los cuerpos insepultos de los soldados asesinados se pudrían bajo el sol africano desde hacía seis largos meses.

La situación en África, nuevamente estancada durante 1922, causó el golpe de estado de Miguel Primo de Rivera, quién, contando con el beneplácito real, derrocó al gobierno e impuso una dictadura hasta estabilizar la situación en Marruecos.

Los ataques rifeños continuaron hasta que, la intervención francesa, por un lado, y el renovado impulso de las tropas españolas, tras el desembarco en la Bahía de Alhucemas de una fuerza militar considerable, el 8 de septiembre de 1925, acabaron llevando a la derrota de las cabilas rifeñas y al final de la guerra de Marruecos, el 27 de mayo de 1927.

ANEXO I. Voluntarios a Morir.

Monumento conmemorativo en forma de busto del cabo Suceso Terreros López, en su pueblo natal, Hormilla

Cuando el teniente del Tercio Eduardo Agulla solicitó voluntarios para apoyar a los disciplinarios en el Blocao de Dar Hamed, toda la primera compañía de la Primera Bandera del Tercio de Extranjeros, se presentó voluntaria. La negativa del mando a mandar una fuerza tan considerable en apoyo, hizo que el teniente Agulla, explicando claramente a sus hombres que quién saliese con la fuerza de rescate, se presentaba voluntario para morir, seleccionó al Soldado de Primera Suceso Terreros, con el empleo de Cabo Interino (el ascenso a cabo se le dio a título póstumo) y a catorce soldados de segunda. Sus nombres quedaron para la historia, y son los siguientes:


Cabo:
Suceso Terreros López

Legionarios: Lorenzo Camps Puigredon (de el se dice que entregó su paga al teniente Agulla y le rogó que la donase en su nombre a la Cruz Roja) · Juan Vicente Cardona · José Toledano Rodríguez · Manuel Duarte Sosa · Gumersindo Rodríguez · Juan Amorós Lenix · Francisco López Velázquez · Enrique García Rodríguez · Ángel Lorinz Berber · Francisco López Hernández · Rafael Martínez Rodenas · José Fuentes Valera · Félix de las Ajeras Alba · Antonio Martínez Villar.

No se les concedería reconocimiento alguno, y su gesta, salvo en la Legión, que los recuerda cada 20 de septiembre, acabaría en el olvido. En su centenario, espero que este relato os permita recordar a aquellos “Voluntarios a Morir”, que cumplieron con el credo legionario, y dieron la vida por ayudar a sus compañeros.

ANEXO II. LA FUNDACIÓN DEL TERCIO DE VOLUNTARIOS EXTRANJEROS.

El ejército español, en la década de los años veinte del pasado siglo XX, era una fuerza de dudosa calidad, compuesta principalmente por reclutas forzosos, lo que influía negativamente en la moral de las armas españolas.

La necesidad de tener una fuerza profesional, con un espíritu de cuerpo propio, impulsó al teniente coronel José Millán-Astray, a desarrollar un proyecto personal, inspirado en la Legión Extranjera Francesa, y que finalmente fue autorizado por Real Decreto del 28 de enero de 1.920.

Millán-Astray, un aguerrido oficial que, a la edad de diecisiete años, había logrado la Cruz de la Orden Militar de María Cristina por su comportamiento durante la lucha con los rebeldes tagalos en Filipinas, vio claramente la necesidad de profesionalizar el oficio de soldado. Estudió la Legión Extranjera Francesa, y consiguió la creación del Tercio de Extranjeros, del que sería su primer jefe.

El objetivo fundamental era tener una fuerza dura, con un espíritu de cuerpo singular, mejor armamento y equipo, para poder soportar la crudeza de los combates y de la vida en el Rif. Para ello, contó con oficiales que, como el mismo, vieron la posibilidad de participar de una unidad de élite, con una mística y estilo muy particulares, como el futuro dictador Francisco Franco, que comandó la Primera Bandera del Tercio de Extranjeros durante la Guerra del Rif.

El nombre de “Tercio” se estableció en comparación con los Tercios de Flandes, que durante el siglo XVI permitieron al Imperio Español asentar sus posesiones en Europa. Al igual que aquellos, que combatían muchas veces sin retirada posible, se imbuyó a los voluntarios que conformaban La Legión, con la mística de la no retirada, de la defensa a ultranza de su bandera, y del rito de la muerte. Se establecería un credo legionario, una liturgia, una guía que seguir, imbuyendo a los hombres con el perfecto espíritu de cuerpo, un espíritu que mantienen desde hace más de un siglo, hasta nuestros días, distinguiéndose en las más duras condiciones de combate durante la guerra de Marruecos, la Guerra Civil española, la Guerra de Sidi Ifni, Bosnia, Kosovo, Iraq y Afganistán.

Bajo ese Credo, acudirían voluntarios a morir los valientes legionarios que, bajo el mando de Suceso Terreros, caerían en el Blocao de la Muerte. Bajo ese mismo credo, el propio Millán-Astray estuvo cuatro veces a punto de morir, la primera de ellas mandando las tropas en primera línea el mismo día 17 de septiembre de 1921, mientras eran rescatados los cadáveres de los héroes, y él era herido en el pecho durante la conquista de Nador.

El 20 de septiembre de cada año se celebra el día de La Legión. Sirva este artículo como homenaje a la unidad y a todos los legionarios.


ANEXO III.  AGRADECIMIENTOS.

El texto del presente artículo está basado en la lectura de varios autores. Agradezco por tanto los mismos a:

Ministerio de Defensa. Biblioteca del Ejército en Melilla.

Diario ABC.

Diario El Confidencial.

El Reto Histórico.

José Fernández Díaz por su libro “El Blocao”, Ediciones del Viento.

Desperta Ferro. Por su revista dedicada a la Guerra del Rif y el artículo sobre Los Blocaos.

Igualmente, agradezco a los autores de las imágenes utilizadas, y especialmente a Augusto Ferrer-Dalmaú, por el excepcional lienzo que, bajo el título de “Voluntarios para Morir”, ilustra parte de este texto.

Y finalmente, agradezco vuestra lectura a todos los que habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Espero poder teneros como lectores en próximos artículos.



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