EPISODIO I.- EL BLOCAO DE LA MUERTE (13 AL 16 DE SEPTIEMBRE DE 1921)
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| "Voluntarios para morir". Augusto Ferrer-Dalmau. 2021 |
PARTE I. PRELIMINARES. LA GUERRA EN MARRUECOS Y EL DESASTRE DE ANNUAL.
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| Imagen de portada Desperta Ferro sobre Cuba 1898. Representa al General Vara del Rey durante la heroica defensa de El Caney en Santiago de Cuba. |
Durante el siglo XIX, la descolonización americana,
la extrema inestabilidad política, las guerras civiles entre liberales y
carlistas, y la corrupción institucionalizada en todos los niveles de la
administración, civil y militar, había mermado la capacidad del que había sido
el mayor Imperio de la Historia, “un Imperio donde nunca se pone el sol”,
parafraseando a Felipe II, para negociar acuerdos con los nuevos y
florecientes imperios.
Consecuencia directa de esta decadencia, fue lo acaecido durante
la Conferencia de Algeciras, ocurrida en 1906, y que llevó a la firma
del Tratado de Algeciras, el 7 de abril de ese año. España, Francia,
Alemania, Reino Unido, y otros imperios con intereses coloniales en África,
se reunieron con la intención de fijar la relación de las naciones con Marruecos.
Los Imperios Británico y Francés, maniobraron hábilmente para frenar las
aspiraciones del amenazante Imperio Alemán sobre Marruecos. España aceptó un
protectorado conjunto con Francia, ratificado tras el Tratado de Fez de
1912, donde esta última se aseguraba el territorio de la zona sur, rica en
recursos minerales, y España el territorio de la zona norte de Marruecos, que
sería denominado Marruecos Español, una zona eminentemente montañosa,
difícil de asegurar, y poblada por tribus beduinas, denominadas cabilas, muy belicosas.
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| El Rey Alfonso XIII (1902-1931). Aunque era rey ya a su nacimiento, en 1885 la reina madre, María Cristina, reinó en su nombre hasta 1902 |
fueron la norma desde el inicio del reinado), sucumbió, durante 1917, a una profunda crisis en el seno del ejército, que se sumaba a las crisis económica y territorial, y a un furibundo estallido social. Aunque la situación fue reconducida, al provocar el rey la caída del gobierno, y ceder a las pretensiones de las Juntas militares, reprimiendo el ejército la agitación social, la situación se tornó extremadamente complicada para el futuro de la monarquía española. Alfonso XIII necesitaba de un gran éxito para afianzar su corona, que pendía de un hilo.
El territorio había sido hostil desde el comienzo del
protectorado. En 1909, durante la Guerra de Melilla, se necesitó una fuerza
muy importante para someter a las cabilas rebeldes, sufriendo graves pérdidas y
algún desastre militar relevante, como el ocurrido con la matanza del
Barranco del Lobo, donde hubo más de setecientas bajas, incluyendo 153 soldados
muertos.
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| Dámaso Berenguer observa partir a las tropas |
Berenguer siguió desarrollando
su labor de negociación con las cabilas, mientras Fernández Silvestre
reorganizó la tropa. Obsesionado con la conquista de la Bahía de Alhucemas,
y con el beneplácito real, Fernández Silvestre inició una campaña
a lo
largo del Rif, en dirección oeste, hacia su objetivo. En octubre de 1920, se
logró la pacificación, con escasos combates, de toda la zona de Chauen.
Tras una parada en las operaciones durante el invierno, se continuó la campaña
a partir de marzo de 1921, dirigiéndose las tropas hacia Annual.
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| General Manuel Fernández Silvestre |
Cuando las cabilas rebeldes, dirigidas por el cadí de Melilla, Mohammed Abd-El-Krim, inician su ofensiva, el 14 de julio de 1921, las fuerzas españolas se ven incapaces de detenerlas. En el Monte Igueriben, tras siete días de asedio, sin agua, acabadas ya las municiones, los 355 hombres de la guarnición, son masacrados.
Los rifeños, envalentonados por el éxito, atacan el campamento
de Annual, sorprendiendo a Fernández Silvestre, y masacrando a las
tropas españolas, que reciben el día 22 la orden de retirada, y se desbandan en
dirección este, hacia Melilla. El general Fernández Silvestre
muere, probablemente suicidándose, durante la toma del campamento. Miles de
soldados sucumben ante los perseguidores, y ante las tropas indígenas, que,
viendo la situación, cambian de bando.
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| El final del desastre. Restos del Monte Arruit, donde fueron masacrados cerca de 3.000 soldados españoles |
Acabarán rindiéndose, siendo pasados a cuchillo por los
rebeldes rifeños. Sólo los oficiales serán perdonados y tomados como rehenes.
Más de diez mil soldados españoles perderán la vida
durante el Desastre de Annual.
El camino hacia Melilla se abría, casi expedito,
para Abd-El-Krim y sus rebeldes rifeños.
PARTE II. EL SISTEMA DE BLOCAOS Y
la PRIMERA DEFENSA DE “EL MALO”.
Durante la segunda guerra Anglo-Boer (1899-1902), el ejército británico había empleado un sistema de reductos fortificados, con los que esperaba asegurar la defensa de puntos neurálgicos de su sistema de comunicaciones, así como asentar la defensa de poblaciones o lugares estratégicos. Aunque no tuvieron un impacto decisivo en el resultado final de la guerra, sí que abrieron un abanico de posibilidades a los ejércitos que quisiesen aferrarse a un terreno hostil.
Dicho sistema sería aplicado por los ejércitos francés
y español durante la Guerra del Rif, y llegará, incluso, hasta
nuestros días, en lugares como Iraq o Afganistán (Outpost).
Este sistema será conocido como “Blocaos”, palabra descendiente del
alemán “Blochaus” (casa de troncos). Pensado para obstaculizar el
movimiento de ejércitos irregulares, obligándoles a derrotar posiciones
avanzadas fortificadas para poder atacar objetivos estratégicos, los blocaos
permitían a pequeñas guarniciones un amparo frente a tropas poco preparadas y
artilladas.
El ejército español, inicialmente, los utilizó para
proteger sus campamentos, instalando empalizadas fortificadas en posiciones
avanzadas entorno a ellos. Posteriormente, comenzarían a ampliarse a puntos
clave de defensa, en torno a Melilla, o enclaves expuestos en todo el Rif.
Los blocaos variaban notablemente tanto en tamaño y construcción, yendo desde pequeñas posiciones fortificadas con sacos terreros, troncos de madera, y alambre de espino, hasta fortificaciones de piedra con techado y casamatas, cumpliendo, lógicamente, cada una de ellas, una función diferente. Los más ligeros, podían desmontarse si era necesario, y trasladarse a una nueva posición.
Los blocaos más avanzados eran bastante vulnerables.
Se encontraban alejados cientos de metros de las provisiones y, lo que es más
grave, de las fuentes de agua, por lo que se convirtieron en el primer objetivo
de las cabilas rifeñas. Estas posiciones se comunicaban con los campamentos
principales mediante señales luminosas emitidas con heliógrafos, pero era
difícil socorrerlos en caso de necesidad, justamente por el exceso de
exposición que presentaban.
La elección de donde se instalaba un blocao no se
realizaba, en muchas ocasiones, con un sentido práctico o estratégico, si no
con un criterio político, ya que se utilizaban también para proteger o
intimidar a las cabilas aliadas. Esto suponía un riesgo extra para sus
defensores, que podían llegar a encontrarse rodeados de enemigos.
Entre las posiciones que rodeaban Melilla para su defensa, se encontraban las posiciones en el Monte Gurugú, a unos tres kilómetros al suroeste de la ciudad. La posición era vital, ya que desde sus alturas podía bombardearse la ciudad, convirtiéndose en una atalaya fundamental para su asalto. La posición defensiva más expuesta era la de Dar Hamed, ubicada en la ladera este del monte, un blocao situado entre la caseta número dos, y el blocao de Sidi Ahmed el Hach. Su objetivo principal era defender el acceso a Melilla de los ataques de los grupos armados (a partir de ahora usaremos el nombre nativo, harka) de rifeños desde el Barranco de Sidi Musa, y dar protección a la carretera de Nador, lo que le convertía en blanco de constantes ataques. Esto supuso que los soldados le conociesen bajo el sobrenombre de “El Malo”, ya que todas las guarniciones que se turnaban para defenderlo, volvían con numerosas bajas.
Junto al sistema de blocaos, la esperanza de salvar Melilla
de las harkas, pasaba por la reciente llegada del Tercio de Voluntarios
Extranjeros, La Legión, creado a comienzos de 1920 por Real
Decreto, y puesta bajo el mando del teniente coronel José Millán-Astray.
La Legión, creada a imagen de la Legión Extranjera Francesa,
llegó a Melilla el 24 de julio, justo cuando se producía la
matanza de Annual, tras marchar durante treinta y tres horas seguidas, y
recorrer a pie más de cien kilómetros. La Primera y Segunda Banderas
del Tercio, ocuparon rápidamente las posiciones fortificadas entorno a Melilla.
Fueron los legionarios quienes ocuparon y defendieron “El Malo” durante las semanas siguientes. Sin embargo, se estaba preparando un contraataque hacia Nador, por parte de tropas de Regulares y del Tercio de Extranjeros, bajo las órdenes del General Sanjurjo. Por ello, se decidió ir dando relevo a las unidades de La Legión con otras unidades del ejército regular. El 13 de septiembre de 1921, se ordenó a la Brigada Disciplinaria de Melilla, cuyas tropas eran soldados bajo arresto, y que se había distinguido en batalla tras sufrir un duro castigo en el asedio de la vieja fábrica de harina de Nador, el disponer varios grupos de soldados para ir sustituyendo a los pelotones y escuadras del Tercio en la defensa de los blocaos del Monte Gurugú. Al teniente de infantería José Fernández Ferrer, se le asignó el mando de 19 hombres, y el objetivo de relevar a los legionarios que defendían el puesto de Dar Hamed.
La tarea no sería en absoluto sencilla. Salieron en la
mañana del día 14, y, al aproximarse al lugar, lo encontraron bajo un constante
e intenso fuego, ya que los harqueños se habían adueñado de las alturas que
rodeaban, en forma de anfiteatro, la posición de Dar Hamed y el acceso
al barranco. Bajo el constante fuego enemigo, los intentos de dar el relevo se
alargaron durante toda la tarde, realizándose hombre a hombre, arrastrándose los
disciplinarios entre las defensas naturales hasta la posición, y saliendo un
legionario en cada ocasión.
Los disciplinarios, que no habían tenido tiempo para comer,
apenas podían dejar de disparar a través de las aspilleras, más que para beber
un sorbo de agua, y recalentaban sus Mauser disparando sin cesar hacia
la incipiente noche.
Para complicarlo todo, la harka rifeña colocó en las alturas que dominaban la posición, dos cañones, que batían ocasional, pero acertadamente, el blocao. La batalla nocturna comenzó a cobrarse sus primeras bajas. Un cañonazo reventó contra las defensas exteriores, hiriendo en la espalda y la cadera al teniente Fernández Ferrer, que continuó la lucha tendido sobre unos sacos terreros. También fueron heridos el cabo Sergio Vergara, y el soldado de segunda José Prat, que siguieron combatiendo en su puesto. La noche fue larga y cruel.
Al amanecer, el fuego se hizo menos intenso, y los rifeños
se retiraron, temiendo que la posición recibiese refuerzos. Este descanso, fue
aprovechado por el teniente para enviar a varios soldados a reparar las
defensas exteriores, y a pedir a la segunda caseta refuerzos y
municiones, que ya comenzaban a escasear.
Hacia las tres de la tarde, la fuerza rifeña volvió al
asalto. Habían aprovechado el descanso para flanquear con tiradores la
posición, viniendo el fuego ahora de flanco, frente y retaguardia. Los disparos
de respuesta eliminaron a varios de los servidores de los cañones rifeños,
demasiado expuestos al tratar de dispararlos de día, pero el creciente fuego de
fusilería enemigo, hacía la situación de los disciplinarios insostenible.
La noche se acercaba.
PARTE III. LLEGA LA LEGIÓN. EL
BLOCAO DE LA MUERTE.
En el Atalayón, el campamento más próximo a Dar Hamed, habían llegado las noticias de la desesperada petición de ayuda del teniente Fernández Ferrer y sus disciplinarios. Defendido por los legionarios de la primera compañía de la Primera Bandera del Tercio de Extranjeros, en el Atalayón la situación de “El Malo” no resultó indiferente. El teniente de infantería Eduardo Agulla, quería enviar sus tropas a rescatar a los disciplinarios; para ello, solicitó el permiso del mando de la Bandera, que se lo deniega, argumentando que los soldados son necesarios para defender el Atalayón si Dar Hamed cae. Le ordenan formar un grupo de voluntarios para ir en auxilio de “El Malo”, y destacarlo bajo el mando de un cabo.
La misión pasa, de convertirse en una acción de rescate, a
convertirse en una misión suicida. Los voluntarios deberán dar apoyo a los
disciplinarios, reforzarles y esperar el envío de una columna de rescate, que
nadie sabe cuando podrá enviarse. El teniente Agulla solicitó
voluntarios, y toda la tropa legionaria dio un paso adelante. Se concedió el
mando del destacamento al soldado de primera Suceso Terreros López, con
el cargo de cabo interino, un rango que llevaba desempeñando cierto tiempo ante
la escasez de suboficiales por las bajas. Le acompañarán quince soldados, escogidos
por el teniente Agulla entre los legionarios que creía más decididos, y que
acudirán al rescate de Dar Hamed para cumplir con el rito y credo
legionario: la muerte.
Al atardecer del día 15, los legionarios de Suceso
Terreros llegaron a las inmediaciones de Dar Hamed, y lo encuentraron
rodeado por cientos de rifeños. Calan bayonetas, y se abren camino sembrando la
muerte a su paso, hasta alcanzar las alambradas del reducto, donde son
gravemente heridos dos legionarios, aunque son rescatados e introducidos en el
reducto.
Los disciplinarios han sufrido muchas bajas, y los
legionarios, sin preámbulos ni presentaciones, ocuparon los puestos disponibles
en las troneras, apuntando sus Mauser y disparando sin cesar. El asalto
enemigo se intensificó llegada la noche. Los defensores recobraron ánimos con
la llegada de los legionarios, mientras el suboficial disciplinario Aquilino
Cadarso, les exhortaba a resistir.
Casi todos los disciplinarios estaban heridos, pero seguían combatiendo. Los cañones rifeños, amparados por la noche, tomaron posiciones a menos de cien metros del parapeto, y comenzaron a disparar a corta distancia.
Cerca de las nueve de la noche, el teniente Fernández
recibió un disparo que acabó con su vida. El mando pasó al suboficial
Cadarso, que vuelve a arengar a sus hombres. A pesar de tener una muy fea
herida en la cara, continúo combatiendo, hasta que un cañonazo destrozó uno de
los flancos de la posición y sepultándolo sin vida bajo los restos. Eran las
once de la noche, y sólo queda el cabo Vergara, herido cuatro veces
durante el día anterior, como mando del destacamento.
La situación era insostenible, pero tanto los disciplinarios
como los legionarios luchan como leones. El cabo Vergara falleció al
recibir un quinto disparo, cerca de la medianoche. Junto con él, ya faltaban
varios disciplinarios y legionarios caídos. Hay muchos heridos, pero cada
hombre sano aguanta en las aspilleras sin desfallecer. Tomó el mando el cabo
interino Suceso Terreros, quién ordenó a grandes voces aguantar.
La madrugada del día 16 de septiembre, el asalto no
disminuyó. Los cañonazos y el fuego de fusilería constante desde todos los lados,
causó mella en los ya escasos defensores, que se estaban quedando sin munición,
y buscaban ya la de los heridos. Desesperadamente, Terreros ordenó al
legionario Miralles Borrás, y al disciplinario Mediel Casanova,
que, por su conocimiento del terreno, hiciesen lo posible por llegar a la Segunda
Caseta y expusiesen las necesidades extremas de “El Malo”.
Una hora después, la munición se acabó. El blocao no hacía
fuego, y los harqueños se prepararon para el asalto final, mientras los escasos
defensores sanos, y los heridos que aun podían valerse, calaban bayonetas para
dar su última batalla. Como tal, ya no quedaba blocao; la mayor parte de las
defensas habían sido derribadas a cañonazos, y apenas quedaban pocos puestos
donde guarnecerse del incesante fuego.
El asalto enemigo, ya sin impedimentos, derribó las
alambradas y alcanzó el blocao, donde se enfrentaron a las bayonetas de los
defensores, heridos en su mayoría, que vendieron caras sus vidas. Una vez
muertos los que se sostenían en pie, los más graves fueron pasados a cuchillo.
Serían poco más de las tres y media cuando todo quedó en
silencio.
PARTE IV. CONSECUENCIAS.
Una hora después, el legionario Ernesto Miralles
consiguió alcanzar la Segunda Caseta. Había sido herido, y para llegar a
la posición tuvo que esquivar a los enemigos que infestaban la ladera del
Gurugú. Una vez allí, solicitó ayuda para sus ya extintos compañeros. Pocos
minutos más tarde, llegó a la Segunda Caseta el disciplinario Marcelino
Mediel, totalmente extenuado.Sin capacidad para mandar refuerzos, el sargento Ruperto
Valle se hizo acompañar por dos legionarios y, con sumo cuidado de evitar encuentros
con el enemigo, se acercó hacia donde se encontraba el blocao de Dar Hamed.
Desde una altura próxima, con las luces del amanecer de aquel 16 de
septiembre, pudo observar que ya no quedaba blocao… Sólo quedaba una ruina
de sacos terreros, madera, metal, y los cuerpos de los defensores derribados
sobre la ardiente tierra.
El 17 de septiembre, se envió desde el Atalayón una
misión de rescate de los cuerpos, que serían llevados a Melilla. La
posición sería reconstruida y ocupada, como parte de la operación de
contraataque prevista por el General Sanjurjo, aunque desde aquel
fatídico día, dejaría de ser “El Malo” y pasaría a ser conocido como “El
Blocao de la Muerte”.
Narra uno de los primeros hombres en llegar a la posición
lo siguiente:
El blocao no existía. Era un montón de ruinas. Entre las alambradas había unos cuerpos colgados,
como peleles mientras los dedos invisibles del aire inquietaban sus cabellos y
el sol los iluminaba, llamándoles a la vida…
Uno de ellos estaba tan gravemente herido, que ni podía hablar.
Los otros, rotos, destrozados, enterrados bajo los escombros.
-
¡Camillas!… ¡Camillas! gritaron
los primeros en llegar.
Los muertos, Lorim, Ródenas, Duarte, Camps…, los quince, con aquel
moribundo los dieciséis, y el legionario de primera, ya ascendido a cabo,
Suceso Terreno, muerto al frente.
El silencio, mientras sacaban los cadáveres, era completo.
Los moros, ojos avizores
estarían mirando, no disparaban, posiblemente por el asombro que les había
causado la defensa, tan brava, que respetaban el acto de recoger aquellos
despojos.
Los legionarios que retiraron los cuerpos, pedían perdón por no haber llegado a tiempo para rescatar a sus compañeros. Los restos fueron llevados a Melilla, donde serían enterrados en el Panteón de los Héroes.
Ese mismo día 17 de septiembre, la
ofensiva española se inició desde Melilla, tomando Nador ese
mismo día. La campaña para asegurar el Protectorado de Marruecos, se
prolongó durante varios años. El 11 de enero de 1922, se recuperó el Monte
Arruit, donde los cuerpos insepultos de los soldados asesinados se pudrían
bajo el sol africano desde hacía seis largos meses.
La situación en África, nuevamente
estancada durante 1922, causó el golpe de estado de Miguel Primo de Rivera,
quién, contando con el beneplácito real, derrocó al gobierno e impuso una
dictadura hasta estabilizar la situación en Marruecos.
Los ataques rifeños continuaron hasta que, la
intervención francesa, por un lado, y el renovado impulso de las tropas
españolas, tras el desembarco en la Bahía de Alhucemas de una fuerza
militar considerable, el 8 de septiembre de 1925, acabaron llevando a la
derrota de las cabilas rifeñas y al final de la guerra de Marruecos, el 27
de mayo de 1927.
ANEXO I. Voluntarios a Morir.
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| Monumento conmemorativo en forma de busto del cabo Suceso Terreros López, en su pueblo natal, Hormilla |
Cabo: Suceso Terreros López
Legionarios: Lorenzo Camps Puigredon (de el
se dice que entregó su paga al teniente Agulla y le rogó que la donase en su
nombre a la Cruz Roja) · Juan Vicente Cardona · José Toledano Rodríguez · Manuel
Duarte Sosa · Gumersindo Rodríguez · Juan Amorós Lenix · Francisco López
Velázquez · Enrique García Rodríguez · Ángel Lorinz Berber · Francisco López Hernández
· Rafael Martínez Rodenas · José Fuentes Valera · Félix de las Ajeras Alba
· Antonio Martínez Villar.
No se les concedería reconocimiento alguno, y su gesta,
salvo en la Legión, que los recuerda cada 20 de septiembre, acabaría en el
olvido. En su centenario, espero que este relato os permita recordar a aquellos
“Voluntarios a Morir”, que cumplieron con el credo legionario, y dieron
la vida por ayudar a sus compañeros.
ANEXO II. LA FUNDACIÓN DEL TERCIO
DE VOLUNTARIOS EXTRANJEROS.
El ejército español, en la década de los años veinte
del pasado siglo XX, era una fuerza de dudosa calidad, compuesta principalmente
por reclutas forzosos, lo que influía negativamente en la moral de las armas
españolas.
La necesidad de tener una fuerza profesional, con un
espíritu de cuerpo propio, impulsó al teniente coronel José Millán-Astray,
a desarrollar un proyecto personal, inspirado en la Legión Extranjera
Francesa, y que finalmente fue autorizado por Real Decreto del 28
de enero de 1.920.
Millán-Astray, un aguerrido oficial que, a la edad de diecisiete años, había logrado la Cruz de la Orden Militar de María Cristina por su comportamiento durante la lucha con los rebeldes tagalos en Filipinas, vio claramente la necesidad de profesionalizar el oficio de soldado. Estudió la Legión Extranjera Francesa, y consiguió la creación del Tercio de Extranjeros, del que sería su primer jefe.
El objetivo fundamental era tener una fuerza dura, con un
espíritu de cuerpo singular, mejor armamento y equipo, para poder soportar la crudeza
de los combates y de la vida en el Rif. Para ello, contó con oficiales
que, como el mismo, vieron la posibilidad de participar de una unidad de élite,
con una mística y estilo muy particulares, como el futuro dictador Francisco
Franco, que comandó la Primera Bandera del Tercio de Extranjeros durante
la Guerra del Rif.
El nombre de “Tercio” se estableció en comparación con los Tercios de Flandes, que durante el siglo XVI permitieron al Imperio Español asentar sus posesiones en Europa. Al igual que aquellos, que combatían muchas veces sin retirada posible, se imbuyó a los voluntarios que conformaban La Legión, con la mística de la no retirada, de la defensa a ultranza de su bandera, y del rito de la muerte. Se establecería un credo legionario, una liturgia, una guía que seguir, imbuyendo a los hombres con el perfecto espíritu de cuerpo, un espíritu que mantienen desde hace más de un siglo, hasta nuestros días, distinguiéndose en las más duras condiciones de combate durante la guerra de Marruecos, la Guerra Civil española, la Guerra de Sidi Ifni, Bosnia, Kosovo, Iraq y Afganistán.
Bajo ese Credo, acudirían voluntarios a morir los valientes legionarios que, bajo el mando de Suceso Terreros, caerían en el Blocao de la Muerte. Bajo ese mismo credo, el propio Millán-Astray estuvo cuatro veces a punto de morir, la primera de ellas mandando las tropas en primera línea el mismo día 17 de septiembre de 1921, mientras eran rescatados los cadáveres de los héroes, y él era herido en el pecho durante la conquista de Nador.
El 20 de septiembre de cada año se celebra el día
de La Legión. Sirva este artículo como homenaje a la unidad y a todos los
legionarios.
ANEXO III. AGRADECIMIENTOS.
El texto del presente artículo está basado en la lectura de
varios autores. Agradezco por tanto los mismos a:
Ministerio de Defensa. Biblioteca del Ejército en Melilla.
Diario ABC.
Diario El Confidencial.
El Reto Histórico.
José Fernández Díaz por su libro “El Blocao”, Ediciones del
Viento.
Desperta Ferro. Por su revista dedicada a la Guerra del Rif
y el artículo sobre Los Blocaos.
Igualmente, agradezco a los autores de las imágenes
utilizadas, y especialmente a Augusto Ferrer-Dalmaú, por el excepcional lienzo
que, bajo el título de “Voluntarios para Morir”, ilustra parte de este texto.
Y finalmente, agradezco vuestra lectura a todos los que
habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Espero poder teneros como
lectores en próximos artículos.





















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